Promesa en Foncalent

De lo que hoy voy a hablarle ocurrió hace casi cuarenta años. Como suele suceder con las cosas importantes, he olvidado casi todos los detalles y conservo, además de mi imagen cautiva en una fotografía, el recuerdo grande, el hecho importante: una mañana solemne hice mi promesa como boy scout. Ya sé que para muchos desavisados esta es noticia sin sustancia, incluso una invitación a la broma. Pero no así, entonces y ahora, para miles de niños o adolescentes que en ese momento asumen, junto con el pintoresco derecho a llevar una pañoleta al cuello, su primer compromiso cívico. Tal y como van las cosas no creo que sea, desde este punto de vista, asunto de chanza. Si evoco ahora ese hecho entiendo que a través de recovecos de la biografía y la conciencia, algo en mí quedó forjado por esa promesa, aunque sólo sea el recuerdo de una frase, de un objetivo señalado por el fundador del movimiento scout -quizá de vuelta de muchas cosas-: “dejar el mundo un poco mejor de lo que lo encontraste”. No es mucho, pero es que hay gente absolutamente dedicada a dejarlo peor o, al menos, a encontrar justificación o indiferencia para los actos que lo dejan peor, más feo, más triste. No pretendo que esa experiencia personal fuera vivida de manera idéntica por todos los que seguimos esa vía educativa: debería converger y combinarse con otros factores para que germinara en opciones de esas que atraviesan una vida, aunque sí que sé que para muchos de los que conmigo estaban esa mañana algo significó y hasta sigue significando.
Si le cuento esto hoy es porque ese gesto, ese compromiso, lo realicé arriba, en lo más alto de la montaña dura, seca y cortada de tiempo que es Fontcalent. Mirando a un Alicante que, desde allí, casi siempre es bruma: una ciudad constituida en la línea misma del horizonte. Podría haber hecho esa promesa en sitios más “bonitos”, pero no, en aquel momento, con más significado. Fontcalent era “nuestra” montaña: estaba naciendo el Grupo Lucentum en el colegio salesiano y pensar en campamentos en los Pirineos era un sueño aplazado para el futuro; ni siquiera, aún, habíamos practicado las cimas del Maigmó, de Aitana, de Bernia o del Benicadell, no habíamos elaborado nuestra geografía íntima de montañas desde las que se espera siempre ver el mar -¿no sería esa la condición última del alicantino?-. Pero Fontcalent -su entorno- había acogido nuestras primeras salidas. Porque estaba allí, porque estaba “aquí”. Por eso seguimos yendo, rodeándola, explorándola, subiéndola -hasta en una noche de San Pedro, a ver los fuegos artificialesÉ que no se veían-.
Evoco todo esto en días en el que el gas se convierte en arma y en que Palestina nos vuelve a quebrar el alma, porque me cuentan que Fontcalent está, ya, herida, muy herida. Hace tiempo que no subo, pero basta echarle miradas desde la lejanía, quizá en un atardecer rojo rabioso -Fontcalent es nuestro poniente- para advertir que el perfil no es el que era. La misma fuente que le dio nombre está marchita. Y se denuncian nuevas actividades enormemente agresivas con la montaña. El proyecto de PGOU no sólo no hace nada por remediar el asunto, sino que crea las condiciones para su agravamiento. Como suele sucedernos, no estamos siendo capaces de entender el valor profundo de nuestro territorio, de nuestros lugares que no sólo son piedras y matas de esparto, sino que son tardes y amaneceres, excursiones y recuerdos. Lugares que, en su pobreza de líneas, en la sencillez de su dibujo, en la escasez de su paleta de colores -variaciones, al fin, entre el gris y el azul-, albergan formas de vida esenciales. O que nos deberían parecer esenciales, pues nos son propias y no tenemos otras.
Quizá no vuelva a subir a Fontcalent, quizá me contente con ese recuerdo desvaído de una jornada de emoción infantil. Pero no quiero que me quiten mi montaña, no quiero que el egoísmo de algunos, la impericia de otros o la resignación de la mayoría me arrebaten el escenario de lo que fue un ilusión que me ha acompañado por toda mi existencia, siquiera sea como semilla de otras cosas. Quiero que sea posible para nuevos niños gozar de ese paisaje de Alicante, para que se les quede cosido en los ojos del alma. Al final, me parece, los alicantinos se van distinguiendo entre aquellos que aman su ciudad y su entorno y los que no lo hacen -y aquí incluyo desde los que consienten que se la quiebre cada día hasta los que, directamente, la odian practicando decisiones para alejarla de su devenir y su memoria-. ¿Pero será un pecado alentar todavía a ese amor en retroceso?

La casualidad ha querido que Daniel Jover, un gran amigo que, creo, estaba conmigo allí arriba, en Fontcalent el día de mi promesa, me mande hoy desde Barcelona un artículo de Jordi Borja, muy crítico con la evolución de las políticas urbanísticas en España y que comienza con una cita de Borges: “La ciudad nos impone el deber terrible de la esperanza”. Sea. Los esperanzados volverán hoy y otros días a recorrer los caminos de polvo y años que conducen a Fontcalent, esa montaña que necesita la ciudad. Ya verá usted: los enamorados de la destrucción, del solar, de la ruptura de los equilibrios de la vida, dirán que los esperanzados somos las gentes del no, las gentes que nos oponemos a todo. Digámosles que sí. Que nos oponemos a sus pesadillas de suelo comprado, a sus recalificaciones de los recuerdos y a sus fábricas de aridez. Digámosles que no con un sí a Fontcalent, grande como la sombra de Fontcalent cuando el sol se nos va. Y digámosles un no luminoso, como las rocas de Fontcalent cuando el sol está sobre el Benacantil, a sus fantasías de arrasamiento de la piedra y las promesas.

Manuel Alcaraz Ramos es profesor de Derecho Constitucional de la UA.

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